Life as a Service: el fin de la propiedad

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Para muchos de nosotros cada vez es más frecuente alquilar por cortos periodos de tiempo, o simplemente pagar por el uso circunstancial de bienes o servicios, que anteriormente requerían la compra en propiedad o la contratación del servicio por largos periodos de tiempo.

Baste con pensar en el uso de coches y motos compartidas, patinetes, películas o música en streaming, y, por supuesto, el software: aplicaciones que no tenemos en nuestros ordenadores, sino “en la nube”, y nos suscribimos para pagar periódicamente por su utilización; lo que se conoce como SaaS (Software as a Service).

Este planteamiento del alquiler de productos y servicios, sin duda está funcionando económicamente: la oferta y los usuarios crecen vertiginosamente y para muchas grandes compañías como Google, Microsoft o Amazon este negocio empieza a ser determinante en sus resultados anuales.

La clave para la difusión de esta forma de uso y consumo está en la conectividad y la información inmediata: el alquiler por minutos de un patinete no tendría sentido si no pudiéramos contratarlo de forma inmediata a través de una app, algo que sólo puede ocurrir con una buena y rápida cobertura de Internet móvil. Pues bien, la tecnología 5G va a proporcionar los ingredientes que van hacer posible un crecimiento estratosférico de este tipo de servicios. Con el 5G vuelve a cobrar fuerza el «Internet de las cosas», es decir, la conectividad con Internet de los objetos, máquinas o herramientas que utilizamos cada día, con el fin teórico de ampliar su utilidad, conocer y controlar su uso, hacernos la vida todavía más fácil y cómoda.

Pero esta hiperconectividad traerá aparejados riesgos muy importantes:

Un peligroso riesgo de que nuestros coches, neveras, lavadoras, cepillos de dientes o aires acondicionados sean hackeados y ciudades o países enteros queden paralizados. Los ataques informáticos ya no sólo nos dejarán sin Facebook o WhatsApp, sino que es probable que afecten a nuestro transporte, higiene, salud o bienestar general.

Una mayor intromisión de los grandes operadores digitales en nuestra vida privada, que no se conformarán con nuestros likes o ubicaciones, sino que ahora sabrán qué tenemos en la nevera, con qué frecuencia nos lavamos los dientes o si cometemos infracciones de tráfico, entre otras muchas cosas. Los usos poco éticos de la información o la inclusión de sensores escondidos en nuestros objetos nos meterán al Gran Hermano en los recovecos más intrincados de nuestra vida.

Pero no es esto lo que más me preocupa, sino algo que voy a llamar «Life as a Service» (LaaS): el fin de la propiedad sobre los productos, el feudalismo digital que nos podrá dar o quitar con un click todo lo que tenemos y todo lo que somos.

¿Qué ocurrirá cuando los fabricantes implanten conectividad a los electrodomésticos, herramientas u objetos cotidianos?

Es probable que ya no tengamos que comprarlos, seguramente serán gratuitos o tendrán un coste muy reducido y sólo pagaremos cuando los utilicemos, por suscripciones a los fabricantes o patrocinados por operadores o grandes marcas. ¿No será maravilloso el marketing alrededor de esta nueva sociedad del bienestar?

El uso diario de cada uno de esos artículos no solo será una fuente de negocio continua para los fabricantes, sino que generará una ingente cantidad de datos acerca de nuestros consumos, costumbres, gustos y tendencias (el realmente «big big data»). Estos datos tendrán un gran valor no solo para los fabricantes de los objetos, sino para el resto de las marcas de gran consumo y las redes publicitarias (e incluso gobiernos), que conocerán al instante nuestra actividad y conforme a ello podrán ofrecernos lo que necesitamos o nos apetecerá, antes incluso de que seamos conscientes de ello, contando con información para manipular hábilmente nuestras opiniones, gustos o tendencias.

El LaaS abrirá aun más la brecha digital, porque la conectividad será algo fundamental: cuando vayas a una casa que no esté completamente conectada te sentirás como cuando ahora ves la TV tradicional o, simplemente, como cuando estás en un lugar sin Internet.

Es evidente que la pérdida de conectividad (por falta de pago o por razones técnicas) volverá inútil nuestro entorno y herramientas y nos convertirá todavía en más dependientes de la tecnología de lo que ya somos ahora. Pero no sólo eso, sino que la propiedad de objetos, herramientas y recursos, un logro que durante miles de años ha permitido al ser humano autosuficiencia, desaparecerá en gran parte: no basta con que tengas la herramienta, porque la falta de pago del servicio asociado te hará sentir como Cenicienta a medianoche.

Si seguimos elucubrando, es posible que en un futuro no muy lejano la sociedad «desconectada», la compuesta por aquellos que no «disfrutan» del Internet de las cosas, sea un submundo de parias, los paganos de la hiperconectividad.

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